El recuerdo del gol que más fuerte grité pensando en Messi lleva a una paradoja: lo convirtió Ángel Di María. Fue el 1-0 ante Nigeria en la final de los Juegos Olímpicos de 2008, en Beijing, y le dio a la Argentina la medalla de oro.
Cursaba mi último año de secundaria y vi el partido en la casa de una amiga, pasada la medianoche. Por entonces empezábamos a probar bebidas alcohólicas sin mucho criterio: algunas ya no existen y otras hoy nos costaría tomar sin castigar el hígado.
Messi llevaba el pelo casi hasta los hombros. Me parecía desgarbado y las camisetas le quedaban grandes, sin que eso pareciera una elección de estilo. En la cancha transmitía una seguridad que yo no encontraba fuera de ella, ni en sus declaraciones ni en las publicidades que comenzaban a multiplicarse. Con la pelota era distinto; sin ella, me resultaba tan inexpresivo como una comida de hospital.
Aquella madrugada celebré un gol de Messi y de Di María sin saber que en los años siguientes gritaría muchos más, y también los insultaría. El grupo de amigas y amigos de esa mesa fue cambiando, pero casi siempre hubo alguien para sentarse a ver fútbol.
Mucho antes, mi hermana y yo ocupábamos las tardes en el baldío frente a casa con una pelota gastada del Mundial de Corea-Japón. Apenas quedaban gajos de cuero: era una bola de tela, algo desinflada. El pasto crecía alto y no teníamos el calzado más apropiado. Tampoco era común que las nenas pasáramos tanto tiempo jugando con la pelota.
Me acuerdo de cómo rebotaba contra el tapial. Mi hermana prefería atajar; yo relataba jugadas inventadas. Esa combinación se repetiría muchas veces en nuestras vidas.
Ella me había bautizado “Me-Gena": decía que empezaba jugando como Messi y terminaba como Gigena, que en ese momento era uno de los jugadores más puteados de Colón. También era un doble camiseta: había jugado en Colón y en Unión.
El apodo sigue entre nosotras y nunca lo sentí como un insulto; era una manera compartida de nombrarnos. Aunque todavía no sabíamos bien quién era Messi, ya aparecía como una sombra: jugaba en el exterior, casi nadie podía verlo y empezaba a asomarse en los videojuegos que conseguíamos piratear o crackear, como se decía entonces.
No sé si esa palabra se sigue usando.
De vez en cuando, un póster o una publicidad mostraban sus orejas, la sonrisa torcida y el mentón partido. Veía en ese rostro a alguien que no tenía nada que demostrar y que, aun así, parecía estar siempre bajo examen.
Hablar de Messi sin acercar la conversación a la propia vida es difícil. No intento hacer algo al estilo de Casciari. Quiero decir que, cuando muchas cosas parecen apagar la ilusión, pensar en su retiro se suma a una serie de dolores cotidianos: algunos compartidos y otros vividos en soledad.
Messi también me acompaña cuando estoy sola.
Hoy lo veo barbudo y malhumorado, jugando en esa liga semiprofesional en la que participa y haciendo lo que quiere ante rivales que llevan 20 o 25 años viéndolo jugar sin poder detenerlo. Juega como desde el primer día. Nadie consiguió quitarle la magia.
Primero llegó a mi vida a través de publicidades, más como una promesa del mercado que del fútbol. Después lo vimos en la cancha. Y en algún momento —quizás con el triunfo de 2008 o antes, en el Mundial de 2006, cuando Pékerman lo hizo debutar— también empezó a aparecer en la calle. No recuerdo cuál fue la primera camiseta de Messi que vi, pero sí que estaba fuera de un ámbito deportivo. Como pasa con el Diego o con el club que uno quiere, ponérsela no depende de un partido.
Puede ser para el cumpleaños de un amigo, unas vacaciones, una ida al supermercado o unos mates un domingo por la tarde en la Costanera. La camiseta es un manto, una segunda piel: puede funcionar como una declaración de principios y, al mismo tiempo, no querer decir nada de eso.
No me gusta que transformemos a Messi, al Diego o a otras figuras populares en una ceremonia solemne. Para mí, alrededor de Messi no hay solemnidad. Ahí está parte de su atractivo, como en tantos fenómenos populares que nacen de abajo hacia arriba.

