Marti Picallo, cantante de Pasaje Boedo, reparte su tiempo entre los escenarios, la docencia y sus estudios musicales. La artista, nacida en Santo Tomé, también puso en marcha una banda propia y tiene varias presentaciones previstas en octubre.
Pasaje Boedo, que combina hardcore, metalcore y shoegaze, actuará el 16 de octubre en la Bienal de Arte Joven de la UNL. El proyecto personal de Picallo, con influencias de indie, emo y punk, también tocará en la Bienal el 17; en Santo Tomé el 24, y en un formato acústico en Córdoba el 30.
A los 22 años, Picallo cursa el Profesorado de Música en el Instituto Superior de Música de la Universidad Nacional del Litoral y trabaja como docente. En una conversación sobre sus comienzos, su familia y el aprendizaje en las aulas, contó cómo esos espacios atraviesan su forma de hacer música.
Los primeros pasos
—¿Cómo te acercaste a la música y qué papel tuvo tu papá?
—Él (Damián Picallo) toda la vida tuvo bandas, hizo reggae, y yo arranqué con el ukelele en 2019, creo. Tenía catorce años, y mi viejo me dijo en una fecha: “subí al escenario y tocá esta canción vos sola”. Ese fue mi inicio en los escenarios. Me dio ese espacio para que yo básicamente haga lo que quiera con el ukelele. La banda era Kamalote, siguen existiendo, pero él ya no toca más.
—¿Cómo fuiste aprendiendo?
—Aprendí sola y con mi familia, de escucharlos. Mi viejo siempre me enseñó mucho sobre la actitud más que de la técnica. Y mi abuela, que es la mamá de mi papá, también es cantante, una supercantante. Ella nunca me enseñó nada, pero de escucharla también saqué mucho. El hermano de mi papá también es músico, mi abuelo también. De hecho, tengo muchas cosas de la voz de mi tío que yo lo escucho y digo “uy, yo hablo en el mismo idioma”. Creo que aprendí mucho de eso: de escuchar a mi familia. Después me metí a estudiar música.
La formación musical
—¿Qué te aportó estudiar en el Instituto Superior de Música?
—Sé de muchos músicos que te dicen que el Instituto no les sirvió de mucho, más que nada los que se tiran para el rock, porque el Instituto tiene una formación más folclórica, o te enseñan a enseñar, ¿viste? Todo lo que es teoría musical, historia de la música, a los productores o a la gente que hace trap capaz no les importa, entonces dicen que no sirve. Pero a mí sí me sirvió un montón y creo que a los chicos de Pasaje también; Jordi, el baterista, y Facu, el guitarrista, van al Instituto, y la verdad es que toda la parte de teoría uno no se da cuenta, pero te queda en la cabeza, y te termina ayudando un montón a la hora de componer. Tanto mi música como la de Pasaje está súper atravesada por los conocimientos del Instituto. No digo que sin el Instituto no hubiese existido Pasaje, pero sí nos dio una base muy sólida. Porque además te enseña a convivir con ciertos músicos, te enseña a ensamblar, un montón de cosas. Yo me peleo con todos cuando dicen que el Instituto no sirve. Además conocés a otros músicos, terminás armando bandas. El Instituto me hizo descubrir un montón de música muy linda, un montón de gente, ir a tocar a fechas, llegar a ciertos lugares. Atravesó bastante mi música.
Enseñar y crear jugando
—¿Qué te enseñó el trabajo con alumnos de distintas edades?
—Yo le doy clases a chicos muy chiquitos, de cuatro años, y también a adultos. Me gusta mucho trabajar con niños, el mundo de los niños es muy especial. Capaz alguno de nosotros te va a decir "no, la música es sentimientos, es representación, es arte", ¿viste? Los chicos ven todo como si fuese un juego. Absolutamente todo. No piensan tanto en el significado, te tiran preguntas que vos decís "¿cómo se te ocurrió preguntarme esto?” y te abren la cabeza. Mi experiencia con los niños es jugar. Ellos me enseñaron mucho a jugar, y ahora me armé la banda aparte, que lleva mi nombre, más que nada porque quería plasmar en la música todo esto que estaba aprendiendo de las infancias, y en Pasaje no podía suceder porque era una banda ya consolidada. Cuando conocés a los niños, decís "uy, mirá, esta nena vino vestida de princesa, está buenísimo, a mí me re gustaría”, y ellas te miran y te dicen "¿y por qué no te vestís de princesa si te gusta?”. Entonces dije: "Bueno, me armo una banda aparte y veo qué hago con todo esto que llevo”. Mis primeros flyers intenté que los dibujen las primitas de Facu, Evita y Frida que tienen cinco y ocho. Dibujaron los flyers y yo decía "wow, increíble, no se entiende nada”, pero no importa. Empecé a intentar imitar ese dibujo libre de los chicos, intenté dibujar con la mano izquierda. No me sale, yo soy muy adulta para hacer esas cosas. Pero bueno, intento que todo sea muy desprolijo. Los adultos somos más lógicos, tenemos mucha menos autoestima, y a veces, también, esperanza. Los chicos te miran y es como que sienten que tienen tiempo de aprender. Y los adultos, no, es como “no me salió, ya está, soy viejo”. Yo siento que soy una mediadora entre los niños y los adultos, agarro cosas que hago con los chicos y les digo "bueno, vamos a probar de esta forma, jugando”. Y los adultos dicen "no, qué ridículo”. Y no, no es ridículo porque terminan aprendiendo, ¿viste?







