Por Matías Gareli
Hace más de 16 años trabajo a pocos metros de la cárcel de mujeres. Después de tanto tiempo, cuesta decir que no se advierte lo que ocurre allí.
El penal se encuentra al lado de los ministerios de Educación y Economía. Allí, las mujeres presas de Santa Fe transcurren sus días mientras, alrededor, la vida sigue.
Estar afuera no evita que nos comportemos como si esa realidad no existiera. La indiferencia también puede convertirse en una barrera, incluso cuando se expresa en el mundo digital.
En todo este tiempo, al entrar o salir del trabajo, y desde el pasillo o los antiguos ventanales, entre palomas y sus olores, se repitieron ante mí distintas escenas:
Familiares que llegaban con bolsas. Amigos que acercaban comida. Camiones policiales. Parejas separadas. Abogados de traje. Madres, hijas y hermanas que cumplían los horarios de visita.
Vi a personas esperar y llorar; cargar una mochila y una ilusión, una carpeta o un paquete de comida. También observé el cansancio de quienes visitan a alguien privado de su libertad.
Vi víctimas y victimarias. Y, una y otra vez, personas de una misma clase social.
Michel Foucault pensó la prisión como parte de un sistema que, además de castigar, vigila, disciplina y da forma a los comportamientos.
Vigilar y castigar.
Desde la escuela hasta el hospital, esos mecanismos procuran individualizar los cuerpos: separarlos, analizarlos, evaluarlos y corregirlos.
La escuela y la salud pública fueron instituciones transversales, con capacidad para construir cohesión social y atenuar algunas desigualdades. La cárcel y la idea de justicia asociada a ella, en cambio, parecen tener otros destinatarios.
La necesidad de conseguir un buen abogado parece presentarse antes que la posibilidad de acceder a un buen colegio o a una buena obra social.
Cuando una parte de la sociedad parece necesitar creer que las personas presas son descartables y deben quedar afuera para siempre, recuperar la humanidad puede resultar cada vez más incómodo.
En unos días, León XIV visitará la Argentina. A veces, lo distintivamente religioso se expresa en la humanidad de sus líderes espirituales. El Papa irá a la cárcel de Devoto, aun en contra de su propio electorado conservador.
Por estos días, la cárcel de mujeres santafesinas está en proceso de mudanza.
Se trasladarán el edificio, el personal, las paredes, las rejas, los accesos y los recorridos por sus pasillos interminables.
La geografía será otra. Lo que probablemente permanezca es el segmento social representado detrás de esos muros.
Por eso, tal vez el nombre pueda reformularse: cárcel de mujeres pobres.
