Mi llegada a Recife fue anteayer, después de salir de Rosario y hacer escala en São Paulo. Desde el principio vinculé la ciudad con el rojo y con un Nordeste brasileño identificado con Lula. En el aeropuerto paulista quise sacarme una foto haciendo la L con la mano, pero el ambiente me hizo pensar en sectores de derecha y desistí.
Allí ayudé a un turista uruguayo parecido a Landriscina, que estaba convencido de que una empleada de una franquicia de café quería estafarlo. Ella, negra, ya había perdido la paciencia con el hombre, blanco —aunque no tanto para la mirada europea—, que reclamaba el equivalente a unos $3000 argentinos. Su acompañante decía que en Uruguay esa suma no alcanzaría para comprar prácticamente nada. Me acerqué porque él aseguraba entender portugués, pero no comprendía que el QR del posnet había expirado. Le aclaré que a la empleada no le convenía que pagara con QR y que no intentaba engañarlo.
La trabajadora no me agradeció la intervención: también se enojó conmigo y pareció ubicarme en el mismo grupo que al turista. “Sólo voy a hablar en portugués de ahora en más”, dijo. Como hablo portugués, le deseé un buen día. Me quedé pensando en las divisiones de clase, raza y lengua que, a mi entender, separan a Argentina de Brasil con una distancia mayor que los Andes.
El uruguayo viajaba con una compatriota que parecía menos inquieta por el dinero. Alquila su casa de veraneo a argentinos en Canelones o por ahí y decía que le gusta que “sabemos disfrutar”, a diferencia de los uruguayos. Después me preguntó: “¿Y cómo está Argentina?”. “Pésimo con Milei”, contesté.
El hombre seguía molesto por los $3000 y respondió con discursos y chicanas de izquierda, generalizaciones sobre Argentina como si se redujera a CABA y argumentos sobre conciencia de clase. Minutos antes, sin embargo, no había aplicado esa mirada en su trato con la empleada.
En el avión que me alejó de São Paulo vi personas que me parecieron más coloridas, bajas y amarronadas que las que había encontrado en el aeropuerto. Me senté junto a una rubia que promocionaba algo y, del otro lado, una mujer evangelista que leía la Biblia. No hablaban entre sí, pero ambas conversaban conmigo, como si yo pudiera acercar sus diferencias en calidad de canciller.
En el aeropuerto de Recife me esperaba la socia de una colega, docente universitaria. Llevaba un vestido con calcomanías de Lula y conducía un auto ploteado con la cara de Luiz Inácio. Fuimos por la playa de Boa Viagem, la más tradicional de la ciudad. En el trayecto vimos pasar grandes camionetas manejadas por hombres con la cara de Flávio Bolsonaro.
El domingo, mi colega me invitó al cumpleaños número 74 de su padre. Es alegre y cariñoso; cuando ella cumplió 15 años, le regaló El Capital, de Marx. Desde hace un tiempo se reúne cada semana con amigos jubilados militares y se convirtió en defensor de Bolsonaro, mientras su hija se afianzó como referencia feminista en la academia.
El lunes recorrí un parque con mi colega. Nos cruzamos con un hombre vestido completamente de rojo, como el Chapulín Colorado, que llevaba un parlante con el canto “OLÉ, OLÉ, OLÉ, OLÁ, LULA, LULA!”. Un poco más adelante, otro hombre estaba sentado junto a un sillón vacío y tenía café preparado para quien quisiera hablar sobre cambiar su voto de Bolsonaro a Lula. Nos pareció una manera singular de hacer campaña, de persona a persona. Lo felicitamos y seguimos caminando.
De regreso en la casa de mi colega, pusimos O Globo. En la pantalla se alternaban una telenovela, un noticiero y la campaña electoral.
Los mensajes de Bolsonaro hijo ponen el foco en la inflación. Al verlos, sentí que hablaban más de Argentina que de Brasil: desde mi experiencia, los alquileres no cambian de un año a otro y el combustible cuesta mucho menos que en nuestro país. También me sorprendieron las quejas por el precio del tomate. Pensé: “No tienen idea”.
La campaña recurre a escenas actuadas de familias endeudadas y negocios que cierran, sin imágenes reales. La puesta me hizo acordar a los mensajes de la oposición a Milei. Mi impresión fue que retrataba más al país que preside Milei que al que preside Lula. Tal como lo leí, el eje está en el dinero propio, no en la vivienda, la educación o la salud.
Una de las líneas asocia a Lula con el voto de las personas presas, como si no fueran sujetos de derechos. La noche anterior, Lula había respondido: “el principal preso de este país es el padre de Flavio”. También vi en los mensajes de Flávio imágenes de mujeres pobres y racializadas como votantes, mientras los políticos aparecían como hombres blancos de clase alta.
La campaña de Lula, por su parte, busca presentar a Bolsonaro hijo como asociado a “corrupción comprobada”, a recortes al Estado de Bienestar y a dichos sexistas. La estrategia me recordó a “Ele não”, una consigna que considero de eficacia limitada. También hay spots centrados en la alegría y en multitudes vestidas de rojo en las calles: una marea que transmite pertenencia y que me resulta más atractiva.
Los candidatos a vicepresidente no aparecen en ninguna de las dos campañas, enfocadas en Lula y Flávio. También noté la tendencia brasileña a llamar a las personas por sus apodos o nombres, y no por sus apellidos. Con 80 años, Lula sigue en campaña y debe volver a demostrar su valor después de posicionar a Brasil como una potencia del Sur Global. Flávio Bolsonaro aparece con camisas celestes que me recuerdan a la vestimenta de la derecha argentina.
El padre de mi colega y sus suegros votarán a Bolsonaro hijo. Me inquietan menos los votantes mayores que los jóvenes, cuya rebeldía, pienso, fue carcomida por El Capital. También me desaniman los millones que eligen no votar.






