La primavera trae de vuelta un ritual: imaginar cómo florecer. Ramificarse, crecer, abrirse, enlazarse con otros y multiplicarse son algunas de las imágenes que convoca esa idea.
La viriditas de Hildegarda de Bingen, mística alemana del siglo XII, reúne sentidos como verdor, brote y floración. Hildegarda creó una lengua propia y escribió un libro de medicina natural y recetarios, entre ellos uno que incluye las galletitas de la alegría. Su obra y su pensamiento sirven como una puerta para acercarse a esa noción.
Pero no hace falta esperar a la primavera para florecer. El autor de la columna recuerda a quienes lo hicieron reverdecer: su hijo, su abuelo Negro y algunas amigas. También evoca dos amores, uno presente y otro ausente, y libros que le despiertan imágenes de crecimiento sin fin: Alicia en el país de las maravillas, La Ilíada, El Quijote, La saga de los confines y el Popol Vuh.
La música tiene un lugar central. Escribir bajo su influjo fue un ejercicio que el autor aprendió en un taller con Iosi Havilio, experiencia de la que nacieron sus últimos cuentos, muchos ligados a los sueños. La columna los piensa como una materia invisible e inestable que deja a quien sueña en un estado florido, tanto en los momentos apacibles como en las pesadillas. Y recuerda que cualquier imagen que florece puede desbordarse.
Esta primavera, el autor necesita creer que todo es posible. Para hacerlo, imagina canciones reunidas como amigas en un picnic sobre el pasto. En el mantel hay huevos rellenos, sangría dulce, cartas, diarios personales, libros de poemas y guitarras. Adolescentes de pelo revuelto, pantalones rotos, gorros de lana aunque ya haga calor, una uña pintada de negro y collares tejidos tocan canciones que quizás quieran parecerse a las de Kurt Cobain sin saberlo.
La escena sucede al aire libre, en un parque y lejos de las instituciones y las estudiantinas. Nadie tiene la obligación de entretener, proteger o cuidar a los demás: se trata de salir, holgarse, desbordarse y entrelazarse. La naturaleza recibe y baña; todo florece. Los lapachos todavía no están en flor y los jóvenes tienen tiempo. Son frágiles, los describe el autor, y tiemblan en medio de la multitud.

