En Puerto Pollensa, el “gordito de gafas” ve una escena que altera el sentido de la playa. Ese lugar podrá volver a construirse en la memoria como un espacio de liberación, aunque durante años casi nadie haya querido —o podido— reconocer lo que allí ocurre.
La canción conduce hasta esa costa después de que una mujer pone en versos un amor prohibido y el temor que lo rodea. Su poema evoca a Safo, quien imaginó hace 2500 años que el amor nace dentro de una persona, en vez de atravesarla desde afuera como una flecha. El pudor, el miedo y algunas metáforas enlazan ambas voces.
En la letra, el amor crece con los amaneceres de una playa que parece no haber cambiado. La mujer desconoce que algo prohibido empieza a germinar dentro suyo, mientras la naturaleza sigue su curso, ajena a las leyes y a la obediencia.
La mirada es un motivo persistente en las canciones de amor y en la literatura de distintas épocas. Las formas y las ideas se transforman, pero ese gesto continúa en el centro de las historias.
Safo no mira directamente a su amada: observa al hombre que está sentado junto a ella y lo considera igual a un dios por tenerla cerca. En la playa, la mujer tampoco se anima a mirar de frente ni a hablar; espera. La mirada de la amada, libre como un pájaro o una centella, finalmente encuentra la suya.
Entonces, la planta aparece en una sonrisa y por un momento el universo se borra. También desaparece la planta: deja de ser una imagen y se vuelve cuerpo y deseo.
“Tu mano húmeda sobre la mía”: con esa frase sencilla y discreta, la canción construye una expresión erótica y ardiente.
La luz regresa y las sorprende, las confirma y las delata. Pero ellas ya cambiaron, y pueden caminar abiertamente hacia una playa que tampoco es la misma.
La canción nació durante la dictadura, igual que el amor que cuenta: una semilla prohibida que tardaría en salir a la luz. Después, ya no habría gafas ni lentes capaces de ocultarla.
Fabián Casas contó que le llevó tiempo advertir que la canción narraba una historia entre mujeres. Lo recordó en un texto sobre un amigo que solía modificar sin querer las letras de las canciones. Al final, Casas relató que también le había pasado con Puerto Pollensa. Mientras cantaba: “alucinando al gordito de gafas, que fue corriendo a ponerse los lentes”, Fogwill, que lo escuchaba mientras fumaba, le hizo notar que no tenía sentido que el personaje fuera a ponerse los lentes si ya llevaba gafas. Casas revisó la letra y encontró el error. Su relato termina así: “era cambiarse, no ponerse. Fogwill tenía razón”.
El verso estaba cambiado, pero el “gordito de gafas” quizá no corre para ver mejor. En esta lectura, intenta dejar de mirar lo que acaba de presenciar: busca una forma de ordenar de nuevo el mundo y borrar una escena que no puede nombrar. El lapsus de Casas admite así otra interpretación, incluso más reveladora que la corrección de Fogwill.

