Durante el verano leí “Llueve en Tambopata”, de Lila Gianelloni. Hace un mes escuché un disco de Dino Castelo y, hace una semana, tres de Rodrigo Cuevas: Manual de Cortejo, de Romería y de Belleza. Una escritora rosarina y dos músicos —uno leyense y el otro español— se acercan a la naturaleza y sus rituales desde la contemplación poética.
“Llueve en el Tambopata” relata un viaje a la selva peruana con una voz evocadora y autobiográfica, cercana al sueño. Es un libro pequeño, pero el paisaje se despliega a medida que avanzan las páginas. La experiencia comienza también en el objeto: las tapas tienen un dibujo en relieve, elegido por el editor, y serigrafía verde sobre papel claro.
La historia sucede en Infierno, un pueblo de la selva peruana al que Lila llega tras hacer una parada en un hotel misterioso. Allí se dispone a entrar en una comunidad aislada y a reencontrarse con su hijo, en medio de la lluvia y el verde. La vida cotidiana transcurre entre hablar con las plantas, caminar y afilar un hacha para abrir frutos; esperar que llueva o que pare, y que el sol seque el barro; limpiarse el cuerpo y la mirada, dormir, cocinar y conversar con jóvenes visitantes y con pobladores originarios mayores. En esas acciones también está la preocupación por seguir vivos.
El libro me llevó a las Bucólicas de Virgilio, una de mis lecturas preferidas durante la carrera de Letras. Sus églogas son diálogos cantados entre pastores: celebran montañas y pastos, pero también ponen en discusión la propiedad de la tierra.
Al escuchar después a Dino y a Rodrigo, encontré un vínculo entre las tres obras. Con palabras y música construyen paisajes que parecen perdidos, aunque todavía existen: los del tiempo lento. Lo bucólico, pienso, no está únicamente en tomar la naturaleza como tema, sino también en el tiempo que surge de observarla.
Son obras que dejan lugar para pensar. Me recuerdan al silencio y al tiempo de la pandemia, aunque aquí se trata de una pausa sostenida y elegida. La música de Dino Castelo viene de la arena y el río Leyes; la de Rodrigo Cuevas, del mar y la montaña asturianos.
Dino arma su paisaje al superponer electrónicamente timbres de voces. En vez de apoyarse en melodías cancioneras, trabaja con la dispersión: parece componer —o pensar— mientras camina por el paisaje del Leyes y prueba ecos y frases para la naturaleza y los seres vivos que lo recorren de día y de noche, visibles o invisibles. Susurros, ecos y sonidos pequeños transmiten humor o amor. Aparecen y se apagan mientras el sol o la luna cambian el paisaje.
Rodrigo compone en un pueblo de quince habitantes. Mientras pastorea y riega las plantas, les habla; también se enamora y anda entre vacas y cerdos. Canta coplas antiguas con una voz clara y mora, y pronuncia el asturiano con e y con u, además de usar la x como una ye. Sus melodías tradicionales se sostienen con guitarras, panderetas, tambores y máquinas. En las canciones aparecen el amor a varones y mujeres, la muerte, el cuerpo y la vida.
Estas tres bucólicas invitan a quedarse un rato, no a pasar de largo ni a recorrerlas como turista. Se trata de detenerse en el verde, junto al agua o al viento, y dejar que aparezca un paisaje nuevo. Lo digo con un guiño y un suspiro.
Dino Castelo (Deforme) se presentará el sábado 17 de octubre a las 21 en el Centro Cultural y Social El Birri, junto a Emmanuel Bayúgar Trío y Exboquita. Las entradas anticipadas se consiguen escribiendo al Instagram de las bandas.



