Las redes sociales aceleran la organización y la visibilidad de las derechas radicales, pero no alcanzan para explicar su expansión. Así lo planteó el politólogo Sergio Morresi durante un conversatorio realizado en Santa Fe, donde analizó también el lugar de Javier Milei y la relación de esos movimientos con la democracia.
Morresi es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y doctor en Ciencia Política por la Universidade de São Paulo (USP, Brasil). Se desempeña como profesor asociado en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral (FHUC-UNL) e investigador del Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales del CONICET (IHUCSO-CONICET). Además, dicta cursos de posgrado en FLACSO Argentina y en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
Entre sus publicaciones están Historia de las derechas en Argentina: De fines del siglo XIX a Milei (2025), escrito junto con Ernesto Bohoslavsky, y La nueva derecha argentina y la democracia sin política (2008), además de otros trabajos sobre derechas y democracia.
Redes, batalla cultural e institucionalidad
Al referirse a los cambios en la política y al escenario que encontró Milei, Morresi ubicó a las redes sociales dentro de una esfera pública que también integran la radio, la televisión, los diarios y las discusiones públicas. Su diferencia, explicó, es la velocidad: sectores antes minoritarios y aislados pueden reunirse, alcanzar una masa crítica y ganar visibilidad y capacidad de acción en menos tiempo.
El investigador no descartó la influencia de los algoritmos ni las características propias de las plataformas, aunque advirtió que esos elementos no explican por sí solos el crecimiento de las derechas. Las redes permiten entender la rapidez del proceso, sostuvo, pero la expansión también responde a problemas sociales y políticos, y a que esos sectores ya existían.
Para el caso argentino, relacionó el avance con la insatisfacción de una parte importante de la población ante las que definió como promesas incumplidas de la democracia. Recordó que, en 1983, el presidente Raúl Alfonsín expresó que “con la democracia no solo se iba a votar, sino también comer, curar y educar”. Según Morresi, para muchas personas esa dimensión social de la promesa quedó incumplida o fue insuficiente. Una parte de la sociedad respondió desde la derecha, en un proceso cuya velocidad se vio favorecida por los cambios tecnológicos.
Morresi distinguió ese malestar del modo en que las derechas radicales lo canalizan a través de una guerra cultural. Señaló que estos movimientos confrontan con la izquierda y la centroizquierda latinoamericanas, pero también con la centroderecha y las corrientes conservadoras tradicionales. En su análisis, buscan movilizar la insatisfacción para ampliar sus apoyos y modificar el tablero político.
La economía tiene un papel relevante, afirmó, pero consideró insuficiente explicar el fenómeno solo desde esa perspectiva. Cuestionó a quienes califican las cuestiones culturales de “zaraza” o una “cortina de humo” que distrae de las reformas económicas. Para Morresi, la batalla cultural es central para estas derechas y no es una característica exclusiva del caso de Milei.
También vinculó esa estrategia con referentes del entorno de Milei y de la Fundación Faro, que reivindican la transformación del escenario político a partir de ganar la disputa cultural. Morresi la relacionó con la llamada nueva derecha de los años 60 y 70, en particular con la corriente francesa asociada a Alain de Benoist. Según su lectura, el objetivo es restar espacio a las opciones de izquierda y a las posiciones liberales de centro y de centroderecha.
El politólogo señaló que, aunque estos actores utilicen términos liberales o libertarios, promueven valores que describió como conservadores y reaccionarios. Además, mencionó formas de intervención que prescinden de la negociación, el acuerdo y el reconocimiento del otro. Según explicó, pueden atribuirle maldad y considerarlo reprensible en términos estéticos.
Morresi diferenció esa mirada de la idea de enemistad política asociada a Carl Schmitt. En su interpretación, no se presenta al otro solo como un adversario público, sino como alguien considerado moral e intelectualmente inferior, cuya existencia se vuelve motivo de rechazo. Para el investigador, ese planteo supone un problema para la convivencia democrática.
En el plano institucional, sostuvo que esas ideas expresan una concepción distinta de la democracia. La contrastó con una institucionalidad democrática, liberal y formal, basada en reconocer que quienes piensan diferente comparten un mismo país. Como parte de ese desplazamiento, mencionó la idea de que quien gana una elección puede gobernar aunque una porción importante de la población no esté de acuerdo, incluso mediante decretos, desconociendo decisiones judiciales o sin reconocer leyes vigentes. En su análisis, la batalla cultural también favorece ese cambio.
Una dinámica internacional con factores locales
La presencia y el crecimiento de estas derechas en distintos países de Europa, América y Asia permiten hablar de un movimiento internacional, consideró Morresi, aunque también lo describió como parte del “espíritu de época”. Esa mirada, dijo, lleva a observar cambios en el funcionamiento de las democracias y en la capacidad de acción de los Estados.
Al mismo tiempo, remarcó que cada avance tiene causas locales y que es necesario estudiar las particularidades de cada caso. Mencionó factores económicos y demográficos, cuestiones religiosas en India y la inflación en Argentina. En cada país, explicó, se combinan condiciones distintas que facilitan el crecimiento de estos sectores.
El investigador agregó que, pese a las diferencias entre proyectos, discursos y formas de movilización, sus líderes suelen apoyarse y aprender unos de otros. Describió una red de vínculos con una institucionalidad débil, pero existente, que toma forma en encuentros, foros, seminarios, congresos y asociaciones internacionales. Participan dirigentes, presidentes de partidos, intelectuales y militantes; algunas instancias son formales, como la CPAC, mientras que otras consisten en seminarios organizados periódicamente.
Morresi retomó la expresión Internacional Reaccionaria, utilizada por algunos especialistas, y señaló que, aunque no haya una única organización internacional, ese entramado de relaciones funciona de manera similar.






